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Si eres de los que revisa su renovación de seguro de gastos médicos mayores y siente que el incremento no tiene lógica, no estás exagerando. Cuando una prima sube 15% cada año, el efecto se acumula: en cinco años el costo prácticamente se duplica. No hay economía familiar ni empresarial que pueda sostener eso a largo plazo.
Detrás de estos aumentos hay varios factores que se están juntando al mismo tiempo, y uno de ellos es reciente, técnico y casi nadie te lo explica: un cambio en la forma en que las aseguradoras pagan IVA, resultado de un pleito fiscal que llevaban años arrastrando con el SAT.
Aquí te explico, en términos sencillos, qué pasó y por qué te va a llegar en tu próxima renovación.
Para entenderlo, primero hay que ver cómo funciona el IVA en un seguro.
Cuando contratas una póliza —de auto o de gastos médicos mayores— pagas una prima más IVA. Ese IVA lo cobra la aseguradora, pero tiene que entregarlo al SAT.
Ahora bien, cuando ocurre un siniestro (por ejemplo, una cuenta hospitalaria), la aseguradora paga esa cuenta y también paga IVA sobre ella. Durante años, las aseguradoras “neteaban” ambos IVA: del que cobraban a sus asegurados, restaban el que ya habían pagado a hospitales o talleres, y solo entregaban al SAT la diferencia. Tenía sentido, porque pagar siniestros es literalmente el negocio de una aseguradora.
El SAT no estaba de acuerdo con esa forma de acreditar el IVA, y el desacuerdo se convirtió en un litigio que viene desde el sexenio pasado. Según fuentes del sector, algunos especialistas fiscales consideraban que las aseguradoras tenían un caso sólido si llevaban el litigio a instancias internacionales.
A finales del año pasado, las aseguradoras optaron por negociar en lugar de litigar: prefirieron un mal acuerdo a un buen pleito. Los términos, a grandes rasgos, fueron:
El resultado es directo: el costo operativo de las aseguradoras sube de forma significativa. Y como cualquier negocio, no absorben ese costo solas: lo trasladan a las primas de los asegurados.
Este cambio en el IVA se suma —no sustituye— a otros factores que ya venían presionando el precio del seguro de gastos médicos desde la pandemia.
Además del tema fiscal, el costo de la atención médica en hospitales privados está fuera de control. Es un patrón conocido en el sector: cuando un hospital sabe que el paciente tiene seguro, las cuentas suelen ser más altas que si esa misma persona pagara de su bolsillo. Lo mismo ocurre con medicamentos dentro del hospital frente a comprarlos en una farmacia externa.
Ese sobrecosto se traduce en mayor siniestralidad para la aseguradora, es decir, más dinero pagado en reclamaciones. Y la siniestralidad de un año se reparte entre todos los asegurados al año siguiente, reflejándose en incrementos más agresivos en tu renovación.
A esto se suman otros factores estructurales que las aseguradoras suelen citar:
Hay un tercer factor, menos visible pero igual de importante: cómo tarifican las aseguradoras sus productos nuevos.
Cuando una aseguradora lanza un plan nuevo, lo tarifica con una siniestralidad “limpia”, sin el peso de los asegurados antiguos, que suelen ser personas mayores o con más historial de reclamaciones. Eso permite ofrecer primas más atractivas a la gente joven y sana, atrayéndola hacia los planes nuevos.
El problema es que quienes se quedan en los planes antiguos —generalmente los asegurados de mayor edad y mayor siniestralidad— terminan sosteniendo un plan cada vez más caro y cada vez más difícil de mantener, porque ya no entra gente joven que compense el riesgo.
Lo ideal sería que cada aseguradora calculara su siniestralidad con base en el total de su cartera, no por producto. Pero esto solo funciona si se aplica parejo a toda la industria; si una sola aseguradora lo hiciera por su cuenta, quedaría fuera de precio frente a la competencia.
Controlar esta tendencia no depende solo de las aseguradoras. Hace falta que la Comisión Nacional de Seguros y Fianzas (CNSF) y el poder legislativo tomen un rol más activo, junto con hospitales y proveedores médicos, para poner límites a la siniestralidad y a las cuentas hospitalarias infladas.
Es una industria que complementa —y en muchos casos sostiene— la atención médica que las instituciones públicas como el IMSS o el ISSSTE ya no logran cubrir del todo. Que se vuelva insostenible no le conviene a nadie.
Todo apunta a que, para mantener los incrementos bajo control, las pólizas de gastos médicos mayores van a depender cada vez más de redes hospitalarias cerradas o preferentes, donde la aseguradora puede negociar y fijar tarifas con los hospitales, en lugar de operar con redes completamente abiertas.
Esto no significa que el seguro deje de ser útil —sigue siendo, por mucho, más barato que pagar un evento médico mayor de tu bolsillo—, pero sí cambia la forma en que conviene elegir un plan: no solo por el precio de hoy, sino por qué tan sostenible es su estructura a futuro.
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